La epidemia de obesidad amenaza la eficacia de la vacunación contra la COVID-19

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Para un mundo paralizado por el coronavirus la vacuna podría representar una vuelta a la normalidad.

Pero en la región de las Américas, con 11’420.860 casos y 414.326 muertes al 16 de agosto, la promesa de esa vacuna se ve obstaculizada por otra epidemia anterior a la COVID-19: la de obesidad.

Los científicos saben que las vacunas desarrolladas para proteger a la población de la influenza, la hepatitis B, el tétanos y la rabia, pueden ser menos efectivas en adultos con obesidad que en la población general, dejándolos vulnerables a infecciones y enfermedades.

Agregan que hay pocas razones para creer que será diferente con una vacuna contra COVID-19.

“¿Tendremos el año que viene una vacuna para COVID-19 adaptada a las personas con obesidad? Seguro que no”, comentó Raz Shaikh, profesor asociado de Nutrición en la University of North Carolina en Chapel Hill, Estados Unidos.

“¿La vacuna funcionará en personas con obesidad? Nuestra predicción es negativa”.

En Estados Unidos más de 107 millones de adultos padecen obesidad, y su capacidad para volver de manera segura al trabajo, cuidar a sus familias y reanudar la vida diaria podría verse afectada si la vacuna contra el coronavirus les proporciona inmunidad débil.

En marzo, al comienzo de la pandemia mundial, un estudio de China que pasó inadvertido publicó que los pacientes de ese país con COVID-19 que pesaban más tenían mayor probabilidad de morir que los más delgados, pronóstico peligroso para Estados Unidos, cuya población se encuentra entre las más pesadas del mundo.[1]

Entonces, el futuro tocó a la puerta.

Mientras las terapias intensivas en Nueva York, Nueva Jersey y otros lugares se colmaban de pacientes, Centers for Disease Control and Prevention advirtió que las personas con un índice de masa corporal de 40 o más, conocido como obesidad mórbida estaban entre los grupos con mayor riesgo de enfermar gravemente por COVID-19.

Alrededor de 9% de los adultos estadounidenses se encuentra en esa categoría.

A medida que pasaron las semanas y se tuvo una imagen más clara de quiénes estaban siendo hospitalizados, los funcionarios federales ampliaron su advertencia para incluir a las personas con índice de masa corporal de 30 o más.

Eso amplió enormemente las filas de las personas consideradas vulnerables a los casos más graves de la infección: 42,4% de los adultos estadounidenses.

Desde hace tiempo se sabe que la obesidad es un factor de riesgo significativo de muerte por enfermedad cardiovascular y cáncer. Pero los científicos en el campo emergente del inmunometabolismo están descubriendo que la obesidad también interfiere con la respuesta inmune del cuerpo, situando a las personas con obesidad en mayor riesgo de infección por patógenos como la influenza y el nuevo coronavirus. En el caso de la influenza, la obesidad se ha convertido en un factor que hace más difícil vacunar a los adultos contra la infección. La pregunta es: ¿ será válido también para COVID-19?

Un sistema inmunitario saludable activa y desactiva la inflamación según sea necesario, “llamando” a los glóbulos blancos y liberando proteínas para combatir las infecciones. Las vacunas aprovechan esa respuesta inflamatoria. Pero los análisis sanguíneos muestran que las personas con obesidad, hipertensión, o niveles elevados de azúcar en sangre experimentan un estado de inflamación leve crónica; la inflamación se enciende y permanece encendida.

El tejido adiposo en el abdomen, el hígado y otros órganos no es inerte; contiene células especializadas que liberan moléculas, como la hormona leptina, que se considera modifican las respuestas humoral y celular de la inmunidad generando un estado proinflamatorio.

Si bien todavía se investigan los mecanismos biológicos precisos, la inflamación crónica parece interferir con la respuesta inmune a las vacunas, posiblemente exponiendo a las personas con obesidad a enfermedades prevenibles incluso después de la inmunización.

La evidencia de que las personas con obesidad tienen respuesta distinta a las vacunas comunes se observó por primera vez en 1985, cuando los empleados con obesidad de un hospital que recibieron la vacuna contra la hepatitis B mostraron disminución significativa en la protección 11 meses después, algo que no ocurrió con los empleados que no tenían obesidad.

El hallazgo se repitió en un estudio de seguimiento que utilizó agujas más largas para garantizar que la vacuna se inyectara en el músculo y no en la grasa.

Los investigadores encontraron problemas similares con la vacuna contra la hepatitis A y otros estudios han registrado disminuciones significativas en la protección de anticuerpos inducida por las vacunas contra el tétanos y la rabia en personas con obesidad.

“La obesidad es un problema global grave, y las respuestas inmunes bajas ante una vacuna observadas en la población con obesidad no pueden ignorarse”, destacaron miembros del Grupo de Investigación de Vacunas de la Mayo Clinic en un estudio de 2015 publicado en la revista Vaccine.

También se sabe que las vacunas son menos efectivas en adultos mayores, razón por la cual las personas de más de 65 años reciben una vacuna anual sobrealimentada contra la influenza, que contiene muchos más antígenos del virus de la influenza para ayudar a aumentar su respuesta inmune.

Sobre este tema, el Dr. Jarbas Barbosa, subdirector de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), comentó en conferencia de prensa el 18 de agosto: “Recibimos información de que algunas vacunas (en especial, la antigripal y contra hepatitis A y B) pueden reducir su efectividad en determinados grupos poblacionales, como mayores de 70 o personas que padecen obesidad, pero no sabemos a ciencia cierta que esto vaya a pasar en la vacuna de COVID-19”.

Por lo que el funcionario destacó que es necesario esperar a los datos de “cuando se pruebe en 40.000 0 50.000 personas […] porque en función de esa evidencia se pueden adoptar estrategias específicas, por ejemplo, si hay que dar refuerzo al cabo de un año o hay que dar dos dosis o tres dosis. Esa información es fundamental”.

Por otro lado, la protección disminuida de la población con obesidad, tanto adultos como niños, ha sido ignorada en gran medida.

“No estoy completamente segura de por qué la eficacia de la vacuna en esta población no se ha informado mejor”, comentó Catherine Andersen, profesora asistente de Biología en la Fairfield University en Connecticut, Estados Unidos, que estudia la obesidad y las enfermedades metabólicas. “Es una oportunidad perdida para mayor intervención de salud pública”.

En 2017, científicos de la University of North Carolina en Chapel Hill proporcionaron una pista crítica sobre las limitaciones de la vacuna contra la influenza. En un artículo publicado en InternationalJournal of Obesity mostraron por primera vez que los adultos con obesidad vacunados tenían el doble de probabilidades de desarrollar influenza o una enfermedad similar, en comparación con los adultos con peso saludable.[2]

Curiosamente, descubrieron que los adultos con obesidad producían un nivel protector de anticuerpos contra la vacuna contra la influenza, pero aún así respondían mal.

“Ese era el misterio”, señaló Chad Petit, virólogo experto en influenza de la University of Alabama en TuscaloosaEstados Unidos.

Una hipótesis consiste en que la obesidad puede desencadenar desregulación metabólica de las células T, las células blancas de la sangre críticas para la respuesta inmune. “No es insuperable, Podemos diseñar mejores vacunas que puedan superar esta discrepancia”, añadió Petit, quien investiga COVID-19 en pacientes con obesidad.

Históricamente, las personas con índice de masa corporal alto a menudo han sido excluidas de los ensayos farmacológicos porque con frecuencia tienen afecciones crónicas relacionadas que pueden enmascarar los resultados.

Los ensayos clínicos en marcha para evaluar la seguridad y la eficacia de una vacuna para el nuevo coronavirus incluirán personas con obesidad, destacó el Dr. Larry Corey, del Fred Hutchinson Cancer Research Center, quien supervisa los ensayos de fase 3 patrocinados por los National Institutes of Health.

Aunque los coordinadores de ensayos no se centran específicamente en la obesidad como posible complicación, el índice de masa corporal de los participantes será documentado y los resultados evaluados, añadió el Dr. Corey

El Dr. Timothy Garvey, endocrinólogo y director de investigación de diabetes en la University of Alabama enfatizó que a pesar de los interrogantes, siempre es más seguro que las personas con obesidad se vacunen, a que no lo hagan. “La vacuna contra la influenza funciona en pacientes con obesidad, aunque no tan bien. Pero aun así queremos que se vacunen”, puntualizó.

KHN (Kaiser Health News) es un servicio de noticias sin fines de lucro que cubre temas de salud. Es un programa editorialmente independiente de KFF (Kaiser Family Foundation) que no tiene relación con Kaiser Permanente.

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articulo de la web https://espanol.medscape.com/verarticulo/5905811?src=mkm_lamkt_200820_mscmrk_escoronavirus_nl#vp_3